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La pasión se vive y se lee

A 30 años del 1-0 de Argentina a Brasil en Italia ’90: una paliza que terminó en un grito loco ahogado en un bidón

El inolvidable duelo de los octavos de final de aquel Mundial. Una tarde especial, con final feliz gracias al gol de Caniggia y un festejo que se empañó con el correr de los años.

Nada mejor que un Mundial para que un cronista se mire cara a cara con sus contradicciones. El de Italia​ fue, acaso, el espejo más nítido posible. Cualquiera sea el técnico, los jugadores, cualquiera sea la relación que se tenga con esos protagonistas, desde las alturas de los palcos de prensa (a veces púlpitos improvisados) el oficio compite con el hincha que nunca queda de lado. A lo sumo se pone en modo avión.

Flojo equipo aquel del ‘90, feo juego ni recuerdos de lo que muchos de esos mismos protagonistas habían dejado en México​. Sin embargo, esa troupe de sufridos se habían ganado un afecto especial entre quienes seguíamos el Mundial. Estaban mal, queríamos que les fuera bien.

Las patadas de los cameruneses, el tobillo cadáver de Maradona, Burruchaga y Ruggeri ​atados con alambre, el alto precio que pagaron quienes perdieron el puesto después del espantoso estreno en San Siro invitaban al apego y al cariño. No por compasión, sino por la comprensión de que, con casi todo en contra, incluso ellos mismos, esos futbolistas merecían respeto por el esfuerzo, el compromiso por asumir una representatividad en las condiciones más adversas.

Los dos días días previos, Turín ya había sido invadida por brasileños que auguraban dos a cero, tres a cero a cuanto argentino cruzaran por la calle. Sin banderas ni camisetas y sin abrir la boca, a los argentinos nos descubren apenas echamos a caminar. Presas fáciles.

El Delle Alpi era una inmensa pared amarilla aquella tarde del “estate italiano”. Y el vendaval empezó apenas el francés Joel Quiniou pitó el comienzo. Nunca pareció tan inminente la goleada. Nunca creció tanto el deseo de que una bola, al menos una, cantara negro el 11.

Y entonces apareció Diego y su tobillo inexistente. Y gambeteó Caniggia. Y gateó Taffarel. Y fue grito desesperado de cronistas-hinchas, abrazos de sobrevivientes. Años de evitar chauvinismo, de buscar equilibrios emocionales, de defender otra manera de entender el fútbol fueron destruidos en ese grito de gol único y jamás repetido.

Luego se supo lo del bidón, que en la cancha había pasado inadvertido. Y uno sintió que mientras gritaba el gol de Cani, alguien nos había robado la billetera.

Mundial 90: Argentina-Brasil

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